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miércoles, 18 de noviembre de 2015

II Jornadas Nikkei en el Hotel Tres Reyes

Dice el refrán que "Lo bueno, si breve, dos veces bueno". Y no le quito yo la razón a este dicho, pero también es muy válida una versión de mi cosecha personal: "Lo bueno, si se repite y supera con creces lo anterior, pues mucho mejor".


Y digo esto a raíz de la gran satisfacción que, a buen seguro, experimentamos ayer todos los asistentes a la cena-presentación de las II Jornadas Nikkei que el Hotel Tres Reyes de Pamplona ha diseñado. De nuevo han sido las manos de Abel Alberto Mora y su equipo de cocina (con la colaboración en esta ocasión de uno de nuestros jóvenes valores de la cocina navarra, Enrique Martínez Burón) las encargadas de dar forma a un sensacional menú degustación en diez actos, en los que se ha querido hacer un recorrido por los principales platos de las cocinas japonesa y peruana y la fusión de ambas que, bajo el nombre de "nikkei", ha puesto a Perú en la órbita del panorama gastronómico internacional.

Para el que aún no conozca el significado del termino "nikkei", no cuesta nada recordarlo. Nikkei es el nombre que se le dio a la inmigración japonesa que partió, a finales del siglo XIX y principios del XX, desde sus islas hacia algunos países sudamericanos como Brasil, Colombia y Perú, como mano de obra requerida por las industrias azucareras que estaban empezando a desarrollar una fuerte industrialización. Y claro, cuando un grupo de personas salen de su país intentan llevarse consigo parte de su esencia y costumbres para sentirse más cómodos en su nuevo destino. Y los japoneses, como muchos otros emigrantes, llevaron a Perú su gastronomía, la cual tuvieron que modificar de forma forzosa al no disponer allí en algunos de sus ingredientes básicos, como la salsa de soja. De esta forma, algunas de sus preparaciones principales se empezaron a hacer con los recursos que Perú ofrecía, al mismo tiempo que los peruanos conocieron otras formas de preparar sus propios platos, como los cebiches, o empezaron a darle importancia a productos que antes rechazaban, como el pulpo.

Pues bien, ayer tuvimos sobre la mesa platos peruanos como el cebiche sazonado con salsa de soja y ponzu, el tiradito elaborado con pez limón, el sánguche (en versión mini) con un pan al vapor o la costilla asada confitada en salsa agridulce. Pero también hubo plato tan japonés como el nigiri, pero combinando el salmón con la salsa huancaína o la entraña de cerdo (guiño argentino del cocinero a su país) con chalaquita (una especie de vinagreta típica de Perú para acompañar a los mejillones, como hacemos nosotros en España).



Cada plato que nos iban sacando iba superando al anterior, tanto por su sabor como por su excelente aroma y su bonita presentación. Raciones pequeñas, ideales para comer casi de un bocado y notar esa fusión Asia-América en la boca a través de la combinación de matices dulces, picantes y ácidos al mismo tiempo, pero sin predominar uno sobre otro. Y si la comida fue buena, no menos bueno fue el vino que nos acompañó a lo largo de noche. Y contar con los vinos de Chivite es garantía de éxito por su versatilidad para acompañar cualquier plato, venga de donde venga. No fue fácil el maridaje, puesto que se hizo al azar, sin haber probado antes los platos y pensando si el champagne acompañaría bien una ostra con yuzu y cebollín chino o un rosado sobre lías sería buen compañero de un pescado rebozado acompañado de algo picante como el ají amarillo y un condimento con un sabor tan especial como el cilantro fresco. Al final, tanto Iñaki Oñatevía, nuestro hombre de Chivite en la mesa, como el resto de comensales que nos reunimos coincidimos en que los vinos no podrían haber sido mejor elegidos.



 






En definitiva, un menú realmente espectacular que no dejará a nadie indiferente y que, mucho me temo, será un éxito de público en los dos días que será servido en el Hotel Tres Reyes tanto para comer como para cenar. Las fotos hacen justicia, mucha, pero lo mejor será probarlo, si no en Pamplona, en la propia casa de Abel Mora, el restaurante Uasabi de Zaragoza. No se lo pierdan, me lo agradecerán!!



martes, 19 de mayo de 2015

Taboulé de trigo tierno con menta


Hace mucho que no publico receta en el blog, verdad? Dispongo de poco tiempo para dedicar al “ocio” virtual y se me acumulan las cosas para publicar, amén de que tengo menos tiempo aún para cocinar cosas más o menos interesantes y dignas de enseñar por aquí.

Soy un enamorado de la gastronomía internacional, tanto de la zona del Lejano Oriente (China, Japón, Vietnam, Thailandia) como del área mediterránea (Líbano, Grecia, Marruecos, etc). Es por eso que cuando a raíz de un viaje a Francia encontré en un supermercado un exquisito “taboulé” a la menta, lo he incorporado a mi dieta, bien elaborándolo con sémola de trigo (de calibre un poco más grueso que la utilzada para el cous-cous) o bien con trigo tierno, como es el caso de esta sencilla, sana y deliciosa receta.























                                   (Taboulé hecho con sémola de trigo de calibre mediano)

Por si no conocéis el trigo tierno, estoy seguro que quedáreis enganchados a la facilidad con la que se prepara y su versatilidad para formar parte de infinidad de platos, tanto frios como calientes. Aunque se llame trigo tierno, no se trata del cereal en un estado previo a su recolección una vez endurecido, tal y como solemos conocer el trigo. Son simplemente granos de trigo precocidos, que al volverlo a cocer para prepararlo, adquiere una textura suave y blandita, aunque sin llegar a apelmazarse como le suele pasar al arroz. Eso es porque conserva su cáscara y le hace mantener la forma.


Para darle cuerpo, yo sigo la intuición que tuve al probar el taboulé comercial que compré en Francia (detectando los posibles ingredientes que tenía) y los aportes de otras recetas. De esta manera, elaboro mi propia receta y así os la ofrezco. Vamos a ellos.

INGREDIENTES PARA 4 PERSONAS:

Tres puñados de trigo tierno (lo suele vender la marca NOMEN)
Un tomate mediano
Medio pimiento rojo mediano
Una cebolleta (yo utilizo cebolla morada)
Un pepino mediano
Zumo de medio limón
Ocho o diez hojas de hierbabuena
Aceite de oliva virgen extra
Pimienta
Sal
Cominos en grano


ELABORACIÓN:

Pocas recetas habrá más sencillas que esta. Tan solo tenemos que poner a cocer, en una olla llena de agua con sal, el trigo, durante 10 minutos (en el envase pone el tiempo necesario).

Mientras se cuece, cortamos la verdura en cubitos pequeños, para que se puedan mezclar bien sin que predominen unos sobre otros. Yo la cebolla, que me hace llorar una barbaridad, la meto en la picadora que venía con la batidora y la dejo hecha trizas en un periquete).

Mezclamos todas las hortalizas en un bowl de tamaño grande y añadimo el trigo cuando esté cocido y escurrido. Picamos lo más fino posible las hojas de hierbabuena lavadas y secas, sazonamos con sal y pimienta recién molida, estrujamos el medio limón, añadimos un generosísimo chorreón de aceite de oliva virgen extra (que sea de calidad, no fastidiéis esta maravilla de plato con un aceite malo, os arrepentiréis!!) y un pellizco de cominos en grano. Mezclamos todo muy bien para que los sabores se integren bien, tapamos y metemos en la nevera. Si lo hacéis por la noche para comerlo al día siguiente a mediodía mucho mejor, los sabores se habrán intensificado.

Como todas las recetas, el sazonamiento va por gustos. Para mi, el comino es indispensable en cualquier receta relacionada con los sabores de Oriente Medio y el Magreb, ya que aporta al plato un toque genuino. Pero tengo que reconocer que tiene un sabor fuerte y peculiar, por lo que debemos tener cuidado con el. Añadir, tanto de limón como de hierbabuena  y comino pequeñas cantidades para ir añadiendo más si queremos más sabor. También se le pueden añadir unas aceitunas negras sin hueso en trocitos y ralladura de limón.

Como os digo, es una receta extraordinaria, que se hace exactamente igual si utilizamos sémola de trigo. En ese caso, solo es necesario remojar la sémola con el mismo volumen de agua templada en un recipiente, tapar con un trapo limpio y dejar que la sémola absorba todo el agua. Deshacemos con un tenedor, mezclamos con las hortalizas y sazonamos, sin más.

Espero que os animéis a hacerla y os guste. Es una receta ideal para un día de verano porque es fresca, ligera, sabrosa y sobre todo sana. Ideal para acompañar cualquier otro plato, ya sea de carne, pescado o mariscos a la plancha con un buen vino blanco. A disfrutar!!

miércoles, 15 de abril de 2015

FRANCIA ESTÁ PARA COMÉRSELA!!

Si tus gustos se reparten a partes iguales entre cultura y gastronomía, Francia debería ser uno de tus destinos obligados. Los hemos podido comprobar en los tres días en los que hemos recorrido una pequeña parte de Francia, por la región del Mediodía (Midi-Pyrenees), la provincia de la Dordoña y la prefectura del Perigord Noir.

De toda la vida se ha hablado del buen gusto de los franceses por la gastronomía, y si bien no hemos ido a ningún restaurante de lujo (ni nos lo podemos permitir ni creo que sea obligatorio para disfrutar de la buena mesa gala), todo lo que hemos visto, comido y comprado resume a las mil maravillas que esta gente dis

fruta con la gastronomía, tanto la autóctona como la importada, fruto de su antiguo imperio colonial que hoy da forma y enriquece, al menos en este aspecto, a la sociedad francesa.


Si bien el primer día tuvimos que recurrir a un pequeño bocadillo porque llegamos a Toulouse a las 15:00 h. (hora intempestiva para comer en un país que se sienta a la mesa a las 12 del mediodía), ya esa misma noche, deambulando por callejuelas entre la iglesia de Saint Sernin, la Plaza del Capitolio y Rue de Metz, acabamos en la Rue des Marchands, en un simpático bistrot con el mismo nombre, Le Bistrot des Marchands. Buen house francés como banda sonora, clientela habitual a tenor de como saludaban a los camareros (eso es importante, visitar los sitios frecuentados por los propios lugareños) y una carta sencilla e informal, pero bastante interesante. 


Mientras intentábamos descifrarla (al menos yo con mis rudimentarios y casi inexistentes conocimientos de francés), apareció uno de los camareros con un tabla de madera llena de embutidos. Eso era la “Planche de charcuterie et agrumes”, que no era otra otra que eso mismo, un surtido de embutidos franceses variados, acompañados de encurtidos, ensalada con una vinagreta de mostaza de Dijon y un “cornette de frites maison”, un perolete de barro lleno de patatas fritas caseras con una rica salsa cocktail. Y como nos pareció una manera estupenda de conocer la famosa charcutería de la zona de Aquitania y el Midi, pues nos pedimos una. 


Y si que estaba buena, con varias lonchas de jamón de Bayona, speck, sauccison (salchichón francés), chorizo curado, paté de campaña, “coppa” (lomo embuchado) y “boudin noir”, una especie de morcilla negra tierna muy sabrosa. Acompañado de pepinillos y guindillas picantes, y con unas gloriosas rebanadas de pan francés, era toda una delicia, por muy sencillo que fuera. El paté de campaña era tan rico y con unos trozos de carne tan grandes y jugosos que nos costó adivinar que era!


Al día siguiente poníamos rumbo a Albí, uno de los puntos fuertes del viaje. Llevaba muchos años deseando visitar esta coqueta ciudad, situada a orillas del río Tarn. Su catedral, dedicada a Santa Cecilia, es el edificio de ladrillo más grande de Europa y realmente impresiona cuando te sitúas a sus pies. Nada más llegar, nos metimos en un mercado cubierto lleno de auténticos manjares, y ahí es donde compramos los primeros vinos, de la AOC Gaillac, la denominación local de esa zona.

Después de una interesante visita, y con ganas de ver el museo de Toulouse-Lautrec (el nombre más famoso que ha dado la ciudad de Albi), nos metimos en un coqueto restaurante de comida casera, "La Berbie", para disfrutar de otra de las especialidades de la región: el "cassoulet". Es un guiso de alubias blancas con saucisse de Toulouse (salchicha de Toulouse) y confit de pato, horneado con una fina capa de pan rallado para que se forme una costra crujiente. Es realmente rico, con un característico sabor a grasa de pato que lo convierte en un potaje muy singular. 


Como siempre solemos pedir platos diferentes para compartir y así poder probar más cosas, mi consorte se decidió por un rico crêpe de "jambon blanc", queso Fourme d'Ambert (un queso azul de sabor suave) y "morille", que es como le dicen en Francia a la "colmenilla", una de las setas de primavera más apreciadas. Ah, y un señor francés de lo más simpático nos regaló la media botella de vino rosado de Gaillac que le había sobrado de la comida y que de muy buena gana aceptamos!!




Desde la bella Albi dimos un buen salto, introduciéndonos en el Perigord Noir para caer en Sarlat-la-Caneda, circulando por carreteras locales y atravesando el parque natural de Causses du Quercy, dejando a los lados preciosos château con sus viñedos de la AOC Gaillac, abadías románicas y rebosantes ríos como el Garona, el Tarn, el Lot o el Dordogne.
 
Sarlat es difícil de describir...es como si alguien hubiera diseñado un decorado para una película de corte medieval y les hubiera dado pena desmontarlo. Sinceramente, he visto pueblos muy bonitos en mis casi 36 años, pero mucho me temo que Sarlat se encaramará de momento al primer puesto de la lista. Adoro el arte medieval, las iglesias románicas y góticas, los suelos empedrados, los balcones con flores, las fachadas con vigas atravesadas, claro ejemplo de la arquitectura medieval...pues Sarlat es todo esto junto, muy limpio, muy bien cuidado, muy recogido todo en un casco histórico delicioso...y más delicioso aún por los escaparates de las tiendas que nos mostraban algunos de los más exquisitos foies que se pueden encontrar en la actualidad y los famosos tintos de variedad Malbec de Cahors...


 Esa noche entramos a cenar a un singular local, "Chez le Gaulois", donde nos dejamos seducir de nuevo por lo más típico de la cocina de la zona. En este caso, una especie de gratén de patata con "lardons" (bacon curado en tacos), cebolla y queso Reblochon, llamado "Tartiflette". Y como nos apasiona el queso y estar en Francia y no comer queso es un pecado, nos trajeron también un "Asiette de fromages", con especialidades de la zona del Jura, quesos de montaña excelentes, con confitura de cerezas.


 
La mañana siguiente amaneció un dia memorable, luminoso y fresco, ideal para que Sarlat se nos mostrara con toda su belleza abrumadora. Justo paseando por sus callejuelas nos dimos cuenta que esta pequeña villa de 900 habitantes se puede disfrutar con los cinco sentidos, literalmente: el tacto de la piedra, el silencio que reinaba en algunas de sus calles o recoletas placitas, la vista totalmente absorbida por la belleza de sus casas y rincones, el sabor de los productos que tienen origen en sus campos y granjas...y el olor. Si señores, un olor que hoy en día solo se puede disfrutar en cuatro pueblos contados: olor a pan recién hecho, olor dulzón a obrador y levadura. En definitiva, el olor de las "boulangeries" que a las 9 de la mañana abrían sus puertas para ofrecer lo que durante la noche se había estado cociendo en sus hornos. Yo estaba a punto de llorar de la emoción, y para "consolarme", nos compramos un "briochette" y un hojaldre relleno de "tatin" de manzana...y no voy a seguir, que empezaré a salivar!! Paseamos el pueblo de arriba a abajo, descubriendo sus rincones y alguna que otra sorpresa, como saber que detrás de las enormes puertas de una iglesia gótica se encontraba un coqueto mercado donde compramos unos "macarons" artesanos que tardaré mucho tiempo en olvidar!!


De Sarlat poníamos rumbo de nuevo a Toulouse, pero con paradas por el camino. La primera en el bello pueblo de Domme, donde es imprescindible visitar su maravilloso mirador sobre el río Dordogne. Y desde Domme (con nuevos vinos comprados, que se sumaban a los que ya habíamos comprado en Sarlat y en Albí), nueva parada en Cahors. Esta ciudad tiene una singular iglesia con cúpulas y un puente medieval bien majo, luego decidimos parar para hacer una visita rápida y comer algo ligero. En esta ocasión también nos decidimos por platos franceses típicos, como una quiche de queso azul y jamón ahumado y un "croque-monsieur" espectacular!!


 Y así volvimos a Toulouse, la 5ª ciudad de Francia, ciudad universitaria y llena de arte y cultura, con una oferta gastronómica interesante, tanto en locales para comer o cenar, pastisseries, boulangeries, tiendas gourmets, etc. Uno de nuestros grandes descubrimientos fue "La Flor de Tunis", una confitería árabe llena de pequeñas maravillas elaboradas con frutos secos, miel y azúcar, de formas caprichosas y sabores caseros. Desde que compartí casa y experiencias con mi buen amigo Mohamed Kardali y descubrí la excelencias de la repostería del norte de África, siempre que paseo por algún barrio con presencia de inmigrantes magrebíes intento buscar alguna carnicería o tienda de alimentación, porque se que voy a encontrar un buen surtido de estos dulces, con aroma a flor de azahar y almendra y que me parecen realmente exquisitos. No dudéis en probarlos, no os defraudarán.


 Aprovechando que algunos supermercados estaban abiertos, decidimos que había que hacer acopio de más vino, mostazas, queso y galletas, que en Francia hay una enorme variedad y a unos precios la mar de competitivos. Si a esto le sumamos las latas de foie y terrinas de pato que habíamos comprado en Sarlat, el post-viaje iba a tener mucho sabor francés.

En la noche del domingo nos decidimos a probar la salchicha de Toulouse, otro de los embutidos típicos de la zona. Ya la habíamos probado como parte de la "cassoulette", pero nos apetecía probarla de otra manera. Así que dimos un paseo por el casco viejo de Toulouse y en una terraza encontramos una cafetería donde poder probar este embutido en dos elaboraciones, con carne de cerdo y con carne de pato. Volvimos a darle a las "frites maison" y a la tabla de quesos, para no perder las buenas costumbres.

 


El lunes era el día de volver, pero como somos muy astutos, nos habíamos dejado uno de los platos fuertes para el final. Después de ver el rio Garona y la catedral de Saint Ettiene, nos encaminamos hacia una de los lugares que tenía bien apuntados en la guía de viaje: L'Entrecôt. Es un local bastante singular, ya que es monoplato. Se come entrecot, y punto. Nada más, aparte de los postres. Es decir, no puede llegar nadie y decir que quiere otra cosa, si te sientas es para comerte el entrecot, de vacuno europeo, fresco, al punto, fileteado en porciones muy adecuadas para no tener ni que cortarlo con el cuchillo, con una salsa de mantequilla, ajo y yo que se...estragón, por decir algo!! Y patatas fritas "a volonté", esto es, que si se te acaba la montaña que te ponen, puedes pedir más hasta que revientes!! 



Nos sentamos, nos preguntaron como queríamos la carne, nos trajeron la ensalada de entrante y luego la carnaza. Me pareció muy rica, con un sabor diferente al que nosotros le damos a nuestras salsas, pero si estábamos en Francia para algo era para probar cosas nuevas. Y salimos encantados, con un sabor de boca exquisito. Y con esto y un bizcocho, nos cogimos el coche y 400 km. después, estábamos en Pamplona de nuevo. Me he enamorado un poquito de Francia, me ha parecido un sitio fantástico en todos los aspectos y creo que debo volver. La próxima vez iremos hacia el norte, para conocer la zona de Burdeos, Saint Emilion y vete tu a saber si incluso los castillos del Loira. Pero eso será más adelante. Por lo pronto, solo puedo decir que "Francia está para comérsela"!!

domingo, 7 de diciembre de 2014

YAKITORO, LA TABERNA DE ALBERTO CHICOTE


Nuestra última visita a Madrid podía ser considerada como unas minivacaciones, ya que en la fecha en la que solemos disponer de días libres para viajar yo ya había empezado a trabajar y hubo que posponer la virtual escapada que tuviéramos pensada.

Por lo tanto, poder disponer de tres días a nuestro antojo en la capital era la excusa perfecta para concedernos algún pequeño caprichejo que meses atrás no era posible debido a mi precaria situación económica. Y como me gusta comer más que a un tonto un lápiz, era la ocasión idónea para probar alguna cosilla especial y disfrutar de la etapa de prosperidad que nos sonríe en estos momentos.

Sabíamos que el local que recientemente ha inaugurado Alberto Chicote en pleno centro de Madrid estaba siendo bastante exitoso, y aprovechando que los lunes a mediodía solían dejar 1/3 de las mesas libres para comensales sin reserva, nos encaminamos al barrio de Chueca en busca del final de la Calle de la Reina. Allí, en una soberbia esquina redondeada y luminosa se alza la taberna Yakitoro.






        (Fotos del local tomadas de la web de Yakitoro)


Alberto Chicote es uno de los chefs más mediáticos en la actualidad, gracias a sus exitosas apariciones televisivas y su carácter gruñón y bonachón a partes iguales. Pero si fue el elegido para dar el salto a la pequeña pantalla no fue solamente porque diera para el papel de un Gordon Ramsay ibérico o un Tom Colicchio (el "jefe" de TOP CHEF en su versión americana) hispano, sino por una exitosa trayectoria profesional al frente de las cocinas de los restaurantes NODO y Pandelujo, donde logró la fusión perfecta entre la cocina española y la asiática, siendo uno de los pioneros en estas artes en nuestro país.




Fueron muchas las voces que, criticando todo lo criticable con ánimo de ofender, echaban en cara a Chicote que iba dando lecciones de cómo gestionar un restaurante cuando el no era propietario de ninguno. Lo que nadie sabía era lo que pasaba por la cabeza del de Carabanchel Alto, que quizá llevaba masticando la idea de tener su propio local mucho antes de visitar "La Tana" en Pinto, el primer restaurante que intentó rescatar de la ruina en "Pesadilla en la Cocina".

Estaba claro que Chicote sería fiel al tipo de cocina con la que intenta reflotar los locales en apuros que solicitan su ayuda. Aunque seguro que es un tipo capaz de elaborar el plato más sofisticado imaginable, con ayuda de las más revolucionarias técnicas culinarias, su sencillez y naturalidad debían reflejarse en su apuesta gastronómica, como así sucede en Yakitoro. El nombre viene del término japonés "yakitori", que hace referencia a unas pequeñas brochetas de pollo típicas de la cocina nipona, modificando el final del nombre por el castizo y español "toro", para hacerlo un poco más nuestro. Y esa es la oferta principal, brochetas de los más diversos ingredientes, hechas al momento sobre brasa de carbón y aderezadas con diferentes salsas. El toque oriental siempre está presente, con sabores como los del yuzu, el pak-choi, el miso, la katsuobushi, el tofu o el vinagre de arroz.

Nosotros quizá comimos poco para lo que suele pedir la gente, pero para ser la primera vez no lo hicimos mal, dejando margen para una segunda y una tercera visita sin necesidad de repetir lo que pedimos en esta ocasión. Nos decantamos por cuatro brochetas diferentes (dos unidades en cada ración), un plato de arroz aliñado con un toque oriental y dos postres helados. Para beber, agua fresca, ya que la cerveza que me apetecía no la tenían. Grata sorpresa al saber, cuando nos trajeron la cuenta, que el agua, al ser del grifo, no la cobraban. A ver si aprenden en otros sitios donde el agua corriente es ideal para beber y no tenemos que pagar agua mineral a doblón. Y curioso el sistema para mantener frescas la cerveza, una cubeta de hielo integrada en la propia mesa.


Para las brochetas nos decantamos por una de cebolletas frescas con salsa romesco, buñuelo de bacalao con mahonesa de yuzu y chili, albóndigas picantes de pollo y tocineta ibérica y cordero marinado en yogur y hierbas. El arroz aliñado era una ración bastante abundante y con un sabor excepcional. Y los postres fueron un final soberbio: uno era de vainilla, jengibre, aceite de oliva y crackers de avellana. El otro, de fresa con wasabi, crema de chocolate y galleta de jengibre. La cuenta, 33 euros, un precio bastante ajustado teniendo en cuenta lo original del local, la calidad y el sabor de la comida y que es la apuesta personal de un rostro conocido en el panorama gastronómico español.












Se cumplió con creces la máxima de Alberto Chicote cuando habla de su cocina: disfrutamos, lo pasamos bien, hubo rock&roll, una comida informal pero bien concebida y perfectamente ejecutada, en un ambiente distendido, con todo el personal vestido con una especie de monos militares verdes que recorrían con presteza un local "decorado" de forma original, con muros y apliques colgantes de fieltro, que hacían las veces de aislante para evitar ruidos molestos. Nos dejamos muchas cosas en el tintero, pero la sensación fue muy satisfactoria y saliendo por la puerta nos emplazamos para una segunda visita. Ojalá ese día veamos al bueno de Chicote con alguna de sus chaquetillas multicolores, riéndose muy fuerte de todos aquellos que dudaron de su capacidad para regentar su propio local. De envidiosos está el mundo lleno!!

YAKITORO BY CHICOTE - 91 737 14 41 - CALLE REINA, 41 - MADRID
http://www.yakitoro.com/