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martes, 26 de julio de 2016

RESTAURANTE KOKKEN BILBAO


Consultar Tripadvisor es toda una aventura cuando buscas una recomendación práctica sobre los restaurantes de una ciudad de la cual no conoces su oferta gastronómica. Suelo interesarme por locales con altas valoraciones, ya que pesan más, por ejemplo, 500 Excelentes que 10 Pésimos. Lo mejor viene cuando, una vez visitado el sitio elegido y con un gran resultado, consultas los comentarios que califican un local como pésimo o muy malo.

Esto es justo lo que nos ha pasado en la visita a KOKKEN en la Plaza del Gas de Bilbao. Ya que no conocemos mucho el abanico de restaurantes de la ciudad, saber cuales son los más valorados siempre es algo positivo. Y este local situado muy cerca del ayuntamiento parecía una gran opción, sobre todo al ver el aspecto de sus platos en su página web (http://www.restaurantekokken.com/) y en su página de facebook.

Hicimos bien en llamar por teléfono nada más salir del Museo de Bellas Artes, porque de lo contrario, llegar allí sin avisar hubiera sido totalmente inservible porque nos hubieran despedido con el habitual "está todo reservado" y nos hubiera tocado pulular por los bares de lo viejo buscando pinchos a cierta deshora. Breve intercambio de frases del tipo "hay sitio" "cuantos sois", "luego nos vemos, gracias", con lo cual pudimos entregarnos a la búsqueda de la ración de rabas del Txiriboga para ir aplacando a un estómago que rugía ya con fuerza pidiendo pitanza.


Una vez llegamos a Kokken nos sorprendió lo sencillo de su decoración, con mobiliario básico de madera, papel pintado imitando tablones de madera y una cabeza de trofeo de peluche (aquí viene el apunte técnico de un flipado de los animales como yo: la cabeza pertenece a un tipo de antílope americano, el berrendo, y no a un ciervo como el que aparece en su imagen corporativa en FB. Estas son cosas de las que pocos se dan cuenta, pero yo soy uno de ellos, que le vamos a hacer!!).

Una vez sentados, llegó la sorpresa en la forma en la que conciben el servicio de menús: es un menú degustación abierto a completarlo según el hambre del comensal, la cantidad de vino que queda en la botella o una conjunción de diversos factores. El menú básico son cuatro platos más el postre, acerca de los cuales solo tuvimos que comentar si éramos alérgicos a algún producto o no nos gustaba alguna cosa en especial, ya que de ser así y coincidir con la selección de platos que tenían preparada, cambiarían sin problema el plato. Al confirmarme que no había coliflor, dimos pistoletazo de salida a ese menú de cuatro platos, los cuales íbamos a acompañar con un sensacional tinto de Toro, Flor de Vetus, el cual ya conozco al tenerlo en Honestus y sabía con toda seguridad que podía ser un complemento ideal. Acierto absoluto, ya que completó muy bien platos de carne, pescado e incluso el postre.


Los platos, sencillos en su concepción y presentación, bien condimentados, sabrosos y con raciones de tamaño adecuado para que no se quede en un simple bocado pero tampoco sea algo excesivo y que haga que te llenes una vez acabados los cuatro primeros platos. Nosotros nos plantamos en el menú medio porque habíamos picado algo antes, pero hubiéramos disfrutado del menú largo sin duda alguna, y es lo que haremos en la próxima visita.

























Bonito marinado con salsa de mango y reducción de guindilla. Pescado muy fresco, templado, con un picor moderado y el toque crujiente del sésamo tostado muy agradable. Buen comienzo al que siguió una merluza en tempura con pasta de tomate seco y katsuobushi (finisimas láminas de atún deshidratado). Pescado fresco perfectamente rebozado y frito, crujiente por fuera y muy tierno por dentro, con una salsa excelente que en mi boca me recordaba a la salsa barbacoa. El vino acompañaba perfectamente bien ambos platos con sus matices picantes.

 

Tercer plato, también de pescado y una de las especialidades de la casa: sepia a baja temperatura con salsa teriyaki, algas, alioli suave y almendras. Sepia extratierna, pasada por la plancha para dorarla, con almendra picada y el característico sabor de la soja de la salsa teriyaki, junto con el toque cremoso del alioli. Plato sencillísimo y excelente, la cosa iba para 10 y ya sabíamos que ampliaríamos al menú medio.



Primer plato de carne, consistente en una hamburguesita de entrecot de ternera con queso emmental, remolacha y unas patatillas con especias picantes. El vino seguía yendo a las mil maravillas, y aún quedaba casi media botella. Solución: confirmar al camarero que continuábamos para bingo, que habíamos venido a jugar y que adelante con los dos nuevos platos.


En quinto lugar, el único plato que me hizo torcer un poco el morro, ya que se juntaban dos cosas que me dan repelús: la alcachofa y el puré. Y si encima los juntas en forma de puré de alcachofa, pues mal asunto. Pero amigos, la gracia del asunto es que dicho mejunje servía de base a una deliciosa vieira, justo la parte blanca y jugosa de dicho molusco bivalvo. Y yo, que estaba harto de ver a los americanos cocinar "scallops" en Master Chef y TOP CHEF en la versión USA, sabía que me lo tenía que comer. Y que rica estaba, que jugosa textura, que sabor a marisquito rico!! Simplemente opté por no rebañar dicho puré y comerme el que ya estaba impregnado en la vieira, y fue una solución magnífica. Podría haber dicho que me lo cambiaran, y posiblemente lo habrían hecho, pero no me pareció adecuado por una manía personal hacia ciertas texturas y esa verdura diabólica!!


Y para terminar los seis platos antes del postre, de nuevo carne y de nuevo de ternera, en este caso en forma de rico solomillo con boniato confitado y salsa de melocotón y chile chipotle. Dulce y picantón al mismo tiempo, rock&roll en la boca y el Flor de Vetus animando el cotarro en ese momento que ya había cogido buena temperatura. Estábamos listos para el postre y así se lo hicimos saber al mesero.


Y al llegar el postre escuché algo que hizo que saltaran todas las alarmas: LECHE. Bizcocho empapado en leche. Con helado de limón, salsa de frutos rojos y crumble de galleta. Pero si si, bizcocho empapado en LECHE, ese líquido blanco que hace ya taitantos años dejé de tomar porque me pareció detestable. Pero como mi madre me decía que tengo que probar las cosas antes de patalear diciendo que no me gustan, me metí un trocito de ese bizcocho empapado en LECHE, eso si, bien embadurnado en frutos rojos, limón y galleta. Y porque no tenía al alcance el puré de alcachofas, que hubiera sido hasta buena solución. Y aunque mi consorte afirmaba que sabía mucho a leche, a mi no me lo pareció y di buena cuenta de todo el postre, poniendo el colofón magnífico a esta comida tan estupenda. Apuramos el vino, rechazamos el café y nos obsequiaron con una cuenta totalmente asumible y muy bien valorada en cuanto a lo que comimos y como lo disfrutamos.



En definitiva, un enorme descubrimiento el KOKKEN, muy bien situado, con una propuesta original, desenfadada, sencilla, agil en su ejecución y servicio, sabrosa y convincente en cuanto a la comida, tanto en cantidad como en calidad y a un precio la mar de competitivo. Los comentarios "pésimos" de Tripadvisor, leídos una vez visitado el local, no tienen ningún fundamento, ya que hay mucho snob que quieren, como dicen algunos, "un pescado grande que no pese mucho". Pues eso, que volveremos encantados, bien merecerá la pena una segunda visita!!





















miércoles, 10 de junio de 2015

LOS VINOS ROSADOS DE SAN MARTÍN SE VAN DE CENA!!


Si a San Martín, soldado romano convertido al cristianismo (que incluso llegó a ser obispo de Tours), se le conoce por su cortesía y generosidad a la hora de compartir con un mendigo la mitad de su capa, los sanmartinejos o “catatos” de la villa medieval de San Martín de Unx pueden pasear con orgullo el nombre del amable santo por medio mundo.


Esta introducción era cuasi necesaria para poder empezar esta reseña acerca de la estupenda velada que disfrutamos el pasado viernes 5 de junio en el Asador Tomás, junto con un buen puñado de amigos y vecinos de este pueblo de la Baja Montaña navarra. Todo ello con la sana y buena intención de honrar y promocionar los vinos rosados que se elaboran en las cuatro bodegas de este pueblo y que todos los años tienen fin de semana dedicado íntegramente a ellos.


En la edición de este año, con vistas a darle un empujón novedoso a este acto festivo, se pensó que sería una buena idea el vincular estos vinos con la gastronomía por medio de una cena-maridaje. Sobre la mesa, las creaciones del equipo de cocina del Asador Casa Tomás y cuatro flamantes vinos rosados, todos de la cosecha de 2014, todos en su punto álgido de color, aroma, intensidad y frescura.

La idea partió de algunos miembros de las bodegas en colaboración con el Consorcio de Desarrollo de la Zona Media (ente administrativo comarcal). El restaurante aceptó el reto de elaborar diferentes platos para maridarlos con los cuatro vinos rosados, pero quedaba un fleco pendiente: no se pretendía que fuera una simple cena, sino que fuera algo más dinámico u original. El problema de este tema era que el personal del restaurante no estaba muy puesto en el mundo del vino, y los bodegueros no querían que la cena se convirtiera en una cata de vinos al uso, algo que hacen de forma habitual a lo largo del año. Había que buscar un nexo de unión ajeno a este tinglado. Y ese nexo llevaba, casualmente, mi nombre y apellidos.

Y que quieren que les diga, que yo me sentí honrado y halagado cuando recibí una llamada de Yoanna Abete para comentarme que habían pensado en mi como "comentarista" invitado a la cena. Nunca me habían ofrecido algo así y, desde luego, no podía decir que no. Principalmente porque era algo que pintaba muy muy  bien y porque es de bien nacidos ser agradecidos, y a un ofrecimiento como este, siempre que no haya una fuerza mayor que lo impida, hay que aceptar con una sonrisa de oreja a oreja.

Y en pocos días se concretó todo lo que yo necesitaba: saber cual sería el menú de la cena, para poder investigar un poco en los ingredientes de los platos, y conocer dos de los vinos, ya que los otros son habituales en nuestra mesa. Los vinos me llegaron a casa gracias a Maria Luisa Janices de Bodegas Beramendi, y el menú, vía e-mail gracias a Pili Etxeberría, del Consorcio de la Zona Media.

Una conversación telefónica con Mayra, del Asador Casa Tomás, para terminar de comentar los platos, fue el punto y final a mi preparación para este "estreno" como comentarista en un evento público. Una vez en el restaurante, me metí en la cocina para ver cómo iban las preparaciones e incluso probar alguna salsa para ver qué punto de sabor tenían.





Y no fue necesario ni sacar la chuleta que tenía en el bolsillo, porque salió todo a pedir de boca, desde el primer al último minuto. Cincuenta personas acudieron al asador, algunas sorprendidas por asistir a una cena "comentada" (lo oí personalmente de boca de una chica según entraba por la puerta, y no pude reprimir una sonrisilla, jeje), pero todas sabiendo que, al menos, iban a comer y a beber bien. Una vez colocados en una mesa reservada para las hermanas Abete y parte de su familia y cuadrilla, el alcalde de la villa me presentó y cogí el micro para soltar lo que había estado repitiendo en voz alta varios días antes camino de mi trabajo por un polígono industrial, jaja!!


Bromas aparte, la cena fue magnífica. El equipo de cocina capitaneado por Rubén supo concebir cuatro platos y un postre diferentes a la oferta habitual del asador. De esta manera, pudimos  disfrutar de un menú excelentemente maridado con los cuatro vinos rosados de las bodegas Ayerra, San Martín, Beramendi y Máximo Abete, acompañados por miembros de las cuatro bodegas, orgullosos de sus retoños!!

Para empezar, nada mejor que rendir homenaje al espárrago de Navarra, aprovechando que aún estamos en temporada. Blancos y verdes, en su punto de cocción y de plancha, venían acompañados de una mahonesa de pimiento verde y una crema de queso con yogur. Para acompañarlo, el rosado de Bodegas Ayerra. Quizá el menos aromático de los cuatro, nos sorprendió a todos gratamente al aportar matices muy interesantes a un plato de espárragos, que por su amargor natural no son el mejor producto para saber maridarlos. Entre los comensales, discrepancias acerca de si acompañaba mejor la mayonesa o la crema de queso. Eso ya indicaba que la gente había acudido con ganas de aportar cosas, de probar y de disfrutar. Buen comienzo.

Para el segundo plato, ya supe situarme en un extremo del salón, para poder tener a todo el auditorio de frente y poder controlarlos a todos a la hora de lanzar mis charletas. Mayra, como jefa de sala, me iba avisando de cuando empezaban a abrir el siguiente vino para que yo pudiera comentar el plato y el vino anteriores y dar entrada al siguiente. En esta ocasión, mientras las bonitas botellas del rosado de Beramendi iban llegando a las mesas, pasé a comentar que era un "falso risotto", para el que no lo supiera. A fin de cuentas, la única diferencia es que el plato no está elaborado con arroz, sino con una pasta de sémola de trigo, de pequeño tamaño, más o menos como un grano de arroz. En este caso era un tipo de pasta llamada "orzo", parecida a una lenteja ovalada. Después de cocerla, se puede cocinar con cualquier tipo de acompañamiento y el resultado es prácticamente igual que el de un risotto. En este caso, acompañado de langostinos, hongos y una excelente espuma de queso parmesano. Tenía un sabor fuerte e intenso, sobre todo por la presencia del hongo. A veces, tanto que incluso anulaba el sabor del vino si se tomaba inmediatamente después. Pero el rosado Beramendi es tan sensacional que nuevamente volvía a ofrecernos un torrente de fruta fresca y ácida, agradando a todo el personal al ser uno de los mejores rosados de Navarra.


Todo el mundo coincidía en lo original del plato, la peculiar textura del orzo (también se llama “puntalette” cuando es alargado, parecido a un grano de cebada) y el acierto de presentar el parmesano en forma de espuma, pudiendo así tomar la cantidad que cada comensal considerara apropiada en función de su gusto o tolerancia a un queso fuerte como este. 

Como detalle, al comentar que me había parecido el maridaje entre vino y plato, tuve que llevar a mi rincón una botella de 3F de Beramendi, para alabar el nuevo diseño de la etiqueta y la cápsula. Mi profesión de diseñador gráfico hace que cualquier cambio de imagen sea analizado de forma exhaustiva, y hay que reconocer que las etiquetas de los vinos 3F han dado un salto de calidad abrumador, dando como resultado unas botellas realmente bonitas. Como ya dije aquella noche, enhorabuena a su creador y a la persona que concibió la idea. Además, tengo un gran recuerdo de este vino puesto que fue el primer vino rosado que probé cuando llegué a Navarra, y quizá eso tuviera algo que ver con mi presencia en esta cena.

Avanzaba la noche y era el turno del pescado. Aquí la apuesta era arriesgada de todas todas, y no precisamente por el maridaje con el vino, del que hablaremos ahora después. El asunto radicaba en combinar un pescado atlántico como el bacalao, tan arraigado en la gastronomía española y especialmente en la del norte de España, con una salsa de curry rojo. Yo no terminaba de verlo, hasta que probé la salsa, aromática, sabrosa, especiada, pero suave y delicada. Elaborada de forma casera, acompañaría al lomo de bacalao confitado sobre una cama de piperrada y crujiente de boniato. Y si, fue un plato estupendo, porque los sabores orientales y exóticos van perfectamente con vinos frescos y con punto ácido, como era el caso del rosado Ilagares, de la Bodega Cooperativa de San Martín. Tan rosa y brillante como el resto de sus primos, alternaba fases de más o menos acidez y matices dulzones, según iba cogiendo temperatura y la boca se iba llenando de los diferentes sabores del plato.


Verdura, pasta, pescado…ya tocaba carne en esta cena, y esta venía de la mano del rosado Guerinda Casalasierra de Bodegas Máximo Abete. En este caso se trataba de carne de pato, concretamente solomillo. Esta parte noble se encuentra situada entre la carcasa y el magret, es una pieza alargada, desprovista de grasa y jugosa, ideal para abrir en dos y rellenar, que es justo lo que al chef se le ocurrió. Y lo hizo con una preparación llamada "duxelles", receta de la cocina tradicional francesa consistente en un pochado de champiñón con chalota, mantequilla, jamón y vino blanco. Junto con ello, una compota de manzana que aportaba un toque ácido y una salsa de mostillo (o arrope) de uvas garnacha y tempranillo, que añadía toques muy dulces. 


Y si entre bocado y bocado de este manjar vamos bebiendo el rosado Casalasierra, pues ya ni os cuento. Es un vino excepcional, elaborado por una familia excepcional a la que tengo un gran aprecio por lo bien que me tratan siempre y que, no me canso de decir, está hecho con algo más que conocimiento de la viña, de la uva y de la metodología que hay que seguir para elaborar un vino. Hay una gran historia en esta bodega que está reflejada en sus etiquetas.





Y punto y final con el postre, hojaldre caliente de pera con sabayón al huevo gratinado y una crema inglesa al vino. Para beber, pues lo que fuera quedando en las cubiteras, no podía quedar ni una sola gota de cualquiera de esos vinos rosados tan magníficos.



Cafés, tés, infusiones y después, ginebra, tónica, hielo y limón, para darle a la tertulia entre risas y amigos. Saliendo del asador a las mil, tentados de quedarnos a dormir con los sanmartinejos, pero emplazándonos para volver el domingo a disfrutar de más eventos en la villa, no sin antes recoger las felicitaciones y aplausos de los asistentes a la cena, que agradecieron la novedad del evento con una simpatía a raudales que hace que mi relación con este bonito pueblo vaya a más. Hasta el año que viene, amigos catatos!!

miércoles, 15 de abril de 2015

FRANCIA ESTÁ PARA COMÉRSELA!!

Si tus gustos se reparten a partes iguales entre cultura y gastronomía, Francia debería ser uno de tus destinos obligados. Los hemos podido comprobar en los tres días en los que hemos recorrido una pequeña parte de Francia, por la región del Mediodía (Midi-Pyrenees), la provincia de la Dordoña y la prefectura del Perigord Noir.

De toda la vida se ha hablado del buen gusto de los franceses por la gastronomía, y si bien no hemos ido a ningún restaurante de lujo (ni nos lo podemos permitir ni creo que sea obligatorio para disfrutar de la buena mesa gala), todo lo que hemos visto, comido y comprado resume a las mil maravillas que esta gente dis

fruta con la gastronomía, tanto la autóctona como la importada, fruto de su antiguo imperio colonial que hoy da forma y enriquece, al menos en este aspecto, a la sociedad francesa.


Si bien el primer día tuvimos que recurrir a un pequeño bocadillo porque llegamos a Toulouse a las 15:00 h. (hora intempestiva para comer en un país que se sienta a la mesa a las 12 del mediodía), ya esa misma noche, deambulando por callejuelas entre la iglesia de Saint Sernin, la Plaza del Capitolio y Rue de Metz, acabamos en la Rue des Marchands, en un simpático bistrot con el mismo nombre, Le Bistrot des Marchands. Buen house francés como banda sonora, clientela habitual a tenor de como saludaban a los camareros (eso es importante, visitar los sitios frecuentados por los propios lugareños) y una carta sencilla e informal, pero bastante interesante. 


Mientras intentábamos descifrarla (al menos yo con mis rudimentarios y casi inexistentes conocimientos de francés), apareció uno de los camareros con un tabla de madera llena de embutidos. Eso era la “Planche de charcuterie et agrumes”, que no era otra otra que eso mismo, un surtido de embutidos franceses variados, acompañados de encurtidos, ensalada con una vinagreta de mostaza de Dijon y un “cornette de frites maison”, un perolete de barro lleno de patatas fritas caseras con una rica salsa cocktail. Y como nos pareció una manera estupenda de conocer la famosa charcutería de la zona de Aquitania y el Midi, pues nos pedimos una. 


Y si que estaba buena, con varias lonchas de jamón de Bayona, speck, sauccison (salchichón francés), chorizo curado, paté de campaña, “coppa” (lomo embuchado) y “boudin noir”, una especie de morcilla negra tierna muy sabrosa. Acompañado de pepinillos y guindillas picantes, y con unas gloriosas rebanadas de pan francés, era toda una delicia, por muy sencillo que fuera. El paté de campaña era tan rico y con unos trozos de carne tan grandes y jugosos que nos costó adivinar que era!


Al día siguiente poníamos rumbo a Albí, uno de los puntos fuertes del viaje. Llevaba muchos años deseando visitar esta coqueta ciudad, situada a orillas del río Tarn. Su catedral, dedicada a Santa Cecilia, es el edificio de ladrillo más grande de Europa y realmente impresiona cuando te sitúas a sus pies. Nada más llegar, nos metimos en un mercado cubierto lleno de auténticos manjares, y ahí es donde compramos los primeros vinos, de la AOC Gaillac, la denominación local de esa zona.

Después de una interesante visita, y con ganas de ver el museo de Toulouse-Lautrec (el nombre más famoso que ha dado la ciudad de Albi), nos metimos en un coqueto restaurante de comida casera, "La Berbie", para disfrutar de otra de las especialidades de la región: el "cassoulet". Es un guiso de alubias blancas con saucisse de Toulouse (salchicha de Toulouse) y confit de pato, horneado con una fina capa de pan rallado para que se forme una costra crujiente. Es realmente rico, con un característico sabor a grasa de pato que lo convierte en un potaje muy singular. 


Como siempre solemos pedir platos diferentes para compartir y así poder probar más cosas, mi consorte se decidió por un rico crêpe de "jambon blanc", queso Fourme d'Ambert (un queso azul de sabor suave) y "morille", que es como le dicen en Francia a la "colmenilla", una de las setas de primavera más apreciadas. Ah, y un señor francés de lo más simpático nos regaló la media botella de vino rosado de Gaillac que le había sobrado de la comida y que de muy buena gana aceptamos!!




Desde la bella Albi dimos un buen salto, introduciéndonos en el Perigord Noir para caer en Sarlat-la-Caneda, circulando por carreteras locales y atravesando el parque natural de Causses du Quercy, dejando a los lados preciosos château con sus viñedos de la AOC Gaillac, abadías románicas y rebosantes ríos como el Garona, el Tarn, el Lot o el Dordogne.
 
Sarlat es difícil de describir...es como si alguien hubiera diseñado un decorado para una película de corte medieval y les hubiera dado pena desmontarlo. Sinceramente, he visto pueblos muy bonitos en mis casi 36 años, pero mucho me temo que Sarlat se encaramará de momento al primer puesto de la lista. Adoro el arte medieval, las iglesias románicas y góticas, los suelos empedrados, los balcones con flores, las fachadas con vigas atravesadas, claro ejemplo de la arquitectura medieval...pues Sarlat es todo esto junto, muy limpio, muy bien cuidado, muy recogido todo en un casco histórico delicioso...y más delicioso aún por los escaparates de las tiendas que nos mostraban algunos de los más exquisitos foies que se pueden encontrar en la actualidad y los famosos tintos de variedad Malbec de Cahors...


 Esa noche entramos a cenar a un singular local, "Chez le Gaulois", donde nos dejamos seducir de nuevo por lo más típico de la cocina de la zona. En este caso, una especie de gratén de patata con "lardons" (bacon curado en tacos), cebolla y queso Reblochon, llamado "Tartiflette". Y como nos apasiona el queso y estar en Francia y no comer queso es un pecado, nos trajeron también un "Asiette de fromages", con especialidades de la zona del Jura, quesos de montaña excelentes, con confitura de cerezas.


 
La mañana siguiente amaneció un dia memorable, luminoso y fresco, ideal para que Sarlat se nos mostrara con toda su belleza abrumadora. Justo paseando por sus callejuelas nos dimos cuenta que esta pequeña villa de 900 habitantes se puede disfrutar con los cinco sentidos, literalmente: el tacto de la piedra, el silencio que reinaba en algunas de sus calles o recoletas placitas, la vista totalmente absorbida por la belleza de sus casas y rincones, el sabor de los productos que tienen origen en sus campos y granjas...y el olor. Si señores, un olor que hoy en día solo se puede disfrutar en cuatro pueblos contados: olor a pan recién hecho, olor dulzón a obrador y levadura. En definitiva, el olor de las "boulangeries" que a las 9 de la mañana abrían sus puertas para ofrecer lo que durante la noche se había estado cociendo en sus hornos. Yo estaba a punto de llorar de la emoción, y para "consolarme", nos compramos un "briochette" y un hojaldre relleno de "tatin" de manzana...y no voy a seguir, que empezaré a salivar!! Paseamos el pueblo de arriba a abajo, descubriendo sus rincones y alguna que otra sorpresa, como saber que detrás de las enormes puertas de una iglesia gótica se encontraba un coqueto mercado donde compramos unos "macarons" artesanos que tardaré mucho tiempo en olvidar!!


De Sarlat poníamos rumbo de nuevo a Toulouse, pero con paradas por el camino. La primera en el bello pueblo de Domme, donde es imprescindible visitar su maravilloso mirador sobre el río Dordogne. Y desde Domme (con nuevos vinos comprados, que se sumaban a los que ya habíamos comprado en Sarlat y en Albí), nueva parada en Cahors. Esta ciudad tiene una singular iglesia con cúpulas y un puente medieval bien majo, luego decidimos parar para hacer una visita rápida y comer algo ligero. En esta ocasión también nos decidimos por platos franceses típicos, como una quiche de queso azul y jamón ahumado y un "croque-monsieur" espectacular!!


 Y así volvimos a Toulouse, la 5ª ciudad de Francia, ciudad universitaria y llena de arte y cultura, con una oferta gastronómica interesante, tanto en locales para comer o cenar, pastisseries, boulangeries, tiendas gourmets, etc. Uno de nuestros grandes descubrimientos fue "La Flor de Tunis", una confitería árabe llena de pequeñas maravillas elaboradas con frutos secos, miel y azúcar, de formas caprichosas y sabores caseros. Desde que compartí casa y experiencias con mi buen amigo Mohamed Kardali y descubrí la excelencias de la repostería del norte de África, siempre que paseo por algún barrio con presencia de inmigrantes magrebíes intento buscar alguna carnicería o tienda de alimentación, porque se que voy a encontrar un buen surtido de estos dulces, con aroma a flor de azahar y almendra y que me parecen realmente exquisitos. No dudéis en probarlos, no os defraudarán.


 Aprovechando que algunos supermercados estaban abiertos, decidimos que había que hacer acopio de más vino, mostazas, queso y galletas, que en Francia hay una enorme variedad y a unos precios la mar de competitivos. Si a esto le sumamos las latas de foie y terrinas de pato que habíamos comprado en Sarlat, el post-viaje iba a tener mucho sabor francés.

En la noche del domingo nos decidimos a probar la salchicha de Toulouse, otro de los embutidos típicos de la zona. Ya la habíamos probado como parte de la "cassoulette", pero nos apetecía probarla de otra manera. Así que dimos un paseo por el casco viejo de Toulouse y en una terraza encontramos una cafetería donde poder probar este embutido en dos elaboraciones, con carne de cerdo y con carne de pato. Volvimos a darle a las "frites maison" y a la tabla de quesos, para no perder las buenas costumbres.

 


El lunes era el día de volver, pero como somos muy astutos, nos habíamos dejado uno de los platos fuertes para el final. Después de ver el rio Garona y la catedral de Saint Ettiene, nos encaminamos hacia una de los lugares que tenía bien apuntados en la guía de viaje: L'Entrecôt. Es un local bastante singular, ya que es monoplato. Se come entrecot, y punto. Nada más, aparte de los postres. Es decir, no puede llegar nadie y decir que quiere otra cosa, si te sientas es para comerte el entrecot, de vacuno europeo, fresco, al punto, fileteado en porciones muy adecuadas para no tener ni que cortarlo con el cuchillo, con una salsa de mantequilla, ajo y yo que se...estragón, por decir algo!! Y patatas fritas "a volonté", esto es, que si se te acaba la montaña que te ponen, puedes pedir más hasta que revientes!! 



Nos sentamos, nos preguntaron como queríamos la carne, nos trajeron la ensalada de entrante y luego la carnaza. Me pareció muy rica, con un sabor diferente al que nosotros le damos a nuestras salsas, pero si estábamos en Francia para algo era para probar cosas nuevas. Y salimos encantados, con un sabor de boca exquisito. Y con esto y un bizcocho, nos cogimos el coche y 400 km. después, estábamos en Pamplona de nuevo. Me he enamorado un poquito de Francia, me ha parecido un sitio fantástico en todos los aspectos y creo que debo volver. La próxima vez iremos hacia el norte, para conocer la zona de Burdeos, Saint Emilion y vete tu a saber si incluso los castillos del Loira. Pero eso será más adelante. Por lo pronto, solo puedo decir que "Francia está para comérsela"!!